Veo, veo

Si no lo veo no lo creo.

No puedo recordarlo.

Me aproximo sin nitidez.

No me recuerdo bien.

A veces, no siempre.

Veo la rabia, la desesperación.

Veo el momento… pero ¿de dónde salía todo aquello?

Hago dos o tres conjeturas y se acaba la conversación. Me quedo con la sensación de cuando algo no ha concluido.  Con cierto vacío de espíritu y pensando lo fácil que asoma lo que ya pasó.

Me cuesta tan poco volver a atrás que creo que es por despiste. O lo mismo por necesidad.

Al cabo de un rato me acuerdo. Y me encaja de repente en el cuerpo de lo evidente que es.

Recuerdo que no veías.

No me veías.

Yo estuve ahí. Tanto que te daba en las narices.

Pero nada.

Intenté a la desesperada  (pensando que era cuestión simple de otras lentes) haciéndome más grande, saltando, llorando, pataleando, riendo, estirando…

Grité “¡Eh!” “¡Que estoy aquí!”

Pero no.

No me viste.

No lo podía creer.

Hasta que lo ví.

Hasta que te ví.

No había nada que hacer.

No me veías.