Yo volcán

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Vi Stromboli.

Luego viajando me acordé de cuánto tengo de Karen. Como ella aprendí que la vida no te la soluciona un hombre (sin desdecir a los hombres, que me encantan claro). Pero es así, hay que subir ahí. Mirar de frente. A las rocas, al fuego, al humo.  No dejarte quemar. De frente gritar, llorar, desesperar, rezar, esperar la calma, buscarla. Cara a cara. No hay otra.

No entiendo bien la vida moderna, pero sí a Karen que pintaba flores en las paredes de su casa para huir de la hostilidad de esas gentes que además cantaban y no podían hacerlo peor.

Tal cual

Para Jorge, Susana, Gloria, Rafa, Teresa, Raúl, Jose, Miguel, Yolanda y Olga

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No lo recuerdo bien pero creo que enamorarse era como Islandia. Cuando estás ahí se te remueven todas las mariposas que pueden caber en el estómago. Islandia es evidente, el amor es más confuso. Nunca sabes lo que es sentimiento y lo que es atracción, ni cuánto hay de cada. Puede que ni siquiera sea necesario saberlo. Claro, es que no lo puedes saber. Y luego está lo de pensar que las cosas van a ser de una u otra manera… como si pudiéramos ver en la bola de cristal y nunca sabemos nada. Entonces hacemos y deshacemos según nos parece que va a resultar lo que no ha pasado todavía. Y lo de las certezas que eso ya me da mucha risa, creemos que somos de una manera y ni siquiera lo sabemos. Y venga a dar vueltas y más vueltas. Siempre es mejor dejar las cosas como están, dejarlas reales, tal cual. No hace falta nada más. De momento yo me quedo contigo. Y conmigo. Y con el hielo y el fuego. Y con esa isla que me gusta tanto.

Un antes y un después

Un pedazo de Melrose en mi hogar
Un pedazo de Melrose en mi hogar

Llevo unos nueve días tomando notas sobre mi próximo post, pensando escribir sobre el éxtasis de la Naturaleza y la gente remaja con la que he pasado estos días. Islandia tiene poder.  Pero no me he podido resistir.

Sin pensar y sin darme cuenta me he plantado hoy en el último día de vuestra (nuestra) casa de Melrose. Sí, esa que no quise porque no está cerca de la estación de tren y que tantas alegrías me ha dado.

Que Joaquín se vaya hasta Navidad es algo a lo que estamos acostumbrados. Pero que además se vaya Alberto y se cierre la puerta de esa casa a donde ni Joaquín ni Alberto volverán…esto no sabemos cómo es. Es curioso que la casa se ve más pequeña sin muebles. Creo que todos nos hemos quedado más pequeños. Porque además de ser pandilla de restos nos queremos, nos gustamos y somos felices juntos.

Llegué a la casita de Querbes porque Alberto me invitó al Cineclub. Allí encontré a este Tesoro de gentes que hacen que (después de la traca de estos días) tenga más ganas de escribir que de dormir. Sí, me repito más que el ajo con este tema que declaro ya en este mismo momento verdad universal.

Este año le ha dado a todo el mundo por irse de aquí. Seguro que todos estamos mejor así, siempre es para mejor. Las despedidas me dan miedo. Tengo miedo de perder algo en el camino cuando digo adiós, cuando creo que viene el después. Pero este Tesoro no es de después, ni siquiera de antes; este va a ser de los de para siempre.

Y llegará la comida de Navidad, y las tardes del Paraíso, y el dos de julio en mi casa, y Paquitas, y el día 9, y San Juan, y los picnics cualquier día en el parque, y el taller de Vicky, y el tequila con canela y naranja, y la famosa fiesta esa 40 que siempre está en el aire. Y tantas cosas más.

Alberto, Joaquín y todos: Ojalá todo sea siempre mejor de lo que hubiéramos pensado.

Hoy recuerdo a John Grant y la letra de esa canción.

¡Viva!